Emergencia sanitara en primera persona

Pamela Guerrero, asistente de personas mayores de la residencia Amor de Dios, comparte su testimonio sobre los desafíos que implica su trabajo en la pandemia.

¿Alguien le ha tomado el peso a todo lo que está pasando?

Trabajo con el más indefenso: aquel que nos entregó su cultura, sus historias y sus batallas; aquel que sin pedirle nos regala sus historias de vida; aquel que a veces está mañoso y nos manda lejos; aquel que con sus ojos nos pide tiempo para acompañarlos un momento.

Hay gente que no ve el día a día que pasamos las cuidadoras de adultos mayores. Hoy tenemos que vestirnos con gorros clínicos, guantes, mascarillas, protectores faciales o antiparras. Muchas veces nos da pesar porque ni ellos nos reconocen con tanta protección que llevamos o porque nuestras manos ya están secas de tanto lavado.

Sufrimos pensando en que Dios se apiade de nuestros viejitos, ya que con ellos convivimos muchas horas y compartimos más que con nuestras propias familias.

Cuidemos a nuestra generación más viejita que nos va quedando, la que nos sigue enseñando la simpleza de la vida, con una sonrisa o con un solo gesto. La que nos enseña el respeto al adulto mayor y que nos enseña también a practicar la empatía.

Cuidemos al que le dio la vida a nuestros padres y que gracias a ellos estamos vivos. Sé que de esta vamos a salir, y vamos a poder besar y abrazar nuevamente a nuestros viejitos.

*Conoce testimonios de otras colaboradoras de nuestros hogares en el siguiente reportaje de La Tercera del sábado 30 de mayo: “Trabajando en un hogar de ancianos: despachos desde la primera línea invisible”